lunes, 28 de agosto de 2017




Hay viajes que no tienen un destino específico. La vida es uno de ellos. Importan más las etapas, los estaciones intermedias, los accidentes geográficos que se cruzan, que cual pueda ser la meta. Al final del camino no hay nada. En el mejor de los casos solo el recuerdo emocionado de las jornadas previas. Hace unos meses, alentado por alguien a quien aprecio, retomé la escritura de "El Prado en el exilio". Desde el silencio poco importan las palabras, pero si el texto redactado es la meta las jornadas previas han de ser los párrafos plagiados a la imaginación y la memoria. Me embarqué en una aventura que me excede, y por eso quizá me agrade tanto. El camerino de alabastro es un lugar mítico en la historia de la pintura pero que fue real una vez en algún lugar de Ferrara. Grato está siendo el viaje del conocimiento, gratas todas las estaciones intermedias: Tiziano y su copista Rubens, Giovanni Bellini y la fiesta de los dioses, Giorgione y sus celos, Cátulo y su canto a Peleo y Tetis, Filostrato el Viejo y su pinacoteca imaginaria, Ovidio el narigón y su manual para donjuanes. Ojalá no llegue nunca a mi destino. Especialmente deslumbarnte ha sido el descubrimiento del epilio sobre Teseo y Ariadna escrito por Cátulo en el año cero de nuestra era: "Cuentan que pinos nacidos en la cumbre del Pelión nadaron por las limpias aguas de Neptuno en dirección a las corrientes de Fasis y a los territorios eeteos, cuando jóvenes escogidos, lo más fuerte de la mocedad argiva, deseosos de arrancar a los colcos la piel de oro, se atrevieron a deslizarse por las saladas aguas con rápida nave, barriendo los azulados mares con remos de abeto. La diosa que protege las fortalezas de las cimas de las ciudades les construyó ella misma un carro que volaba al menor soplo de viento, entrelazando madera de pino en la curvada quilla. Fue aquella nave la primera que inauguró la inexperta Anfítitre con su carrera. Tan pronto como ésta cortó con su espolón el ventoso mar y, batida por los remos, blanqueó de espumas la ola, surgieron del brillante torbellino del mar unos rostros, las marinas nereidas, turbadas ante aquel prodigio. Aquel día y no otro, vieron los mortales con sus propios ojos a las ninfas del mar de cuerpo desnudo salir hasta los pechos del blanco torbellino. Entonces, se cuenta, Peleo ardió de amor por Tetis, entonces Tetis no desdeñó unas bodas humanas, entonces el propio padre de los dioses comprendió que Peleo se debía casar con Tetis...". Ahora, al escuchar a Bruce Springsteen en la soledad técnica de la biblioteca es como si se hubiera desatado un nudo dentro de mí, no he podido resistir la tentación e compartirlo contigo, seas quien seas y si es que estás ahí. El viaje siempre se hace solo, lo decía Rabindranath Tagore, pero siempre es grato cruzarse con quien vuelve con la cántara llena cuando nos dirigimos hacia el río.

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