sábado, 16 de septiembre de 2017




A mis años he empezado a frecuentar las bibliotecas públicas. Han sido todo un descubrimiento. Almacén de libros olvidados y de personas prescindibles. Nunca he creído en la superioridad de la persona que lee. Quizá sí si es mujer, pero esa es otra historia. La lectura ha sido en muchos casos un refugio para cobardes, para aquellos que no se atrevían a leer la vida, la de verdad, no la novelada o ensayada en un discurso prolongado. En las clases de los colegios, al menos por los que yo anduve, el marginado era casi siempre alguien que leía mucho. No le quedaba otra si quería acceder a una realidad soportable.

Siempre he sido más de librerías que de bibliotecas, del olor a página recién impresa que del olor a papel manoseado por otros. Detesto los libros viejos. Por eso, aceptando la doctrina que Pérez Reverte expone en “El Club Dumas”, no me considero un bibliófilo, por mucho que haya leído, por mucho que mi nicho ecológico sea el imperio de los libros, que se agolpan junto y bajo mi cama, sobre la mesa en la que ahora escribo, en la estantería que se cierne sobre mí, hasta en el armario ropero y en los cajones de la cómoda tan escasos en lo que debería de ser su contenido. La seducción de un libro recién editado es tan poderosa como la de una mujer hermosa a la que ves por primera vez y en su mejor momento. Ava Gardner en “Mogambo”, Halle Berry en “El último Boy Scout”, Audrey Hepburn en “Desayuno con diamantes”. Es inevitable amar las flores que recién se abren, al día cuando el sol despunta. Pero hay que hacer de la necesidad virtud y si entrara un libro más en mi casa muy probablemente tendría que salir yo por la ventana acto seguido. Y hablamos en un séptimo piso. Hace tiempo que se acabaron los safaris en la Casa del Libro, en los VIPS, en las librerías de mi barrio, en la del Corte-Inglés de castellana que, a lo tonto a lo tonto, es la mejor de España. O lo era cuando aun manejaba el rifle y calzaba el salacot. Ya no hay dinero en mi bolsillo para caprichos ni paciencia para ver mermado su espacio vital en quienes conviven conmigo. Además, aun hay mucho pro leer en la jungla que habito. Así que, a mis años, empiezo a frecuentar las bibliotecas públicas. Y el ritual es justamente el contrario. Antes me lavaba las manos previamente a abrir un libro, para no macharlo. Debían estar inmaculadas para poder tocar el material. Ahora lo hago tras la lectura, para quitarme de los dedos, que siento polvorientos, el invasivo olor de los otros.

Es cuestión de documentación, me digo. Necesito bucear en los textos de Filostrato el Viejo, Ovidio y Cátulo para entender a Tiziano, para saber por qué pintó la leyenda de Narciso y Eco en “La bacanal de los andrios”, o por qué a Dioniso nos lo muestra como si fuera un discóbolo que acaba de arrojar el disco en su “Baco y Ariadna”. Y todo eso está al alcance de la mano en las bibliotecas públicas. He tenido que esperar a peinar canas para descubrir el encanto de los cementerios de palabras. Ese silencio solemne que respetan y cultivan quienes contigo comparten la tierra sagrada de nuestros ancestros. Los estantes con los libros son como los nichos de los cementerios, tras las losas hay oculta una historia personal y colectiva que se diluye en el polvo a ojos vista. Solicitar el préstamo de las poesías de Cátulo y descubrir que hace más de un año que no había sido solicitado por nadie, que apenas interesa. Y tiene su lógica. Hasta hace apenas unas semanas yo apenas sabía quién era, apenas el recuerdo de un personaje secundario en una de las novelas de Gordiano el Sabueso, el detective de época de Steven Saylor. Tan analfabeto he sido. Tan analfabeto con seguridad sigo siendo. Pero me di de bruces con el “Carmen 64”, si poema más famoso, por culpa de un cuadro de Tiziano que andaba desentrañando. Y ahora me las doy de experto. Cuando acabe la novela que tengo entre manos “Maratón” de Andrea Frediani, du título no engaña, solicitaré una novela sobre los amores de Cátulo con Clodia en la Roma de César, Cicerón y Marco Antonio. “Lesbia mía” de Antonio Priante (Editorial Seix-Barral. 1992). Una novela por vez y cinco libros de ensayo. Sé quién es Cátulo por culpa de Tiziano y de Mario Equícola, su guionista, por así decir, quien le dictaba las pautas a seguir en la ejecución de los cuadros que debía pintar para el Camerino de Alabastro de Alfonso I de Este. Lo mejor de un buen libro es las lecturas adicionales que te sugiere. Si no te sugiere ninguna, si no te provoca hambre de conocimiento en asuntos tangenciales, no se puede considerar en absoluto un buen libro. Todo funciona como una cadena. Comienzas investigando sobre “La vieja friendo huevos” de Velázquez -obra de la que algún día escribiré porque está en Edimburgo en vez de en la calle Recoletos y, por tanto, es perfecta candidata para “El Prado en el exilio”-, en un libro editado por la Fundación de Amigos del Museo del Prado y acabas indagando sobre quien era Tiresias en un manual de mitología del impagable Carlos García Gual para Editorial Siglo XXI. En un mundo en el que los libros ya no valen nada, intenté hace poco vender la mitad de los que tenía, y ni regalados querían buena parte de ellos. Muchos ejemplares acabaron en el contenedor para papel y cartón de la esquina de mi calle. Entonces se me ocurrió donarlos a alguna biblioteca pública. Y ese fue el germen de todo. Ahora paso las tardes en la “Selva esmeralda”, reconvertido de urbanita cazador en pedestre naturalista, como el protagonista de aquella maravillosa película de John Boorman. Si indagar en librerías es caza mayor, o menor, porque lo de menos es la entidad de la pieza cobrada, cual es su peso, su peligrosidad o su rareza, husmear en las bibliotecas es puro senderismo, naturalismo de la vieja escuela. Nunca codiciarás aquello que veas y te llame la atención, por mucho que te tiente Anibal Lecter. O, mejor, podrás codiciarlo, pero un grueso cristal separará y aislara tus instintos consumistas del desabrido exterior. Si por casualidad descubro un libro sobre Garci que no conocía, “Garci. Entrevistas” (Notorius ediciones. 2010), pongo por caso, aunque sea un ejemplo real, puedo disfrutarlo unos momentos, como quien ve una puesta de sol junto a la trocha por la que discurre, pero no pensaré en colgarlo como un trofeo en algún estante de la librería de mi alcoba.

Le pregunta Oti Rodríguez Marchante, el crítico cinematográfico de ABC, a Garci en una de las entrevistas que recopila el libro acerca de su pasión por los periódicos, y su respuesta no solo me parece antológica, sino que siento además que me en parte me retreta: “Desde niño leo periódicos. [Yo también. En mi casa el ABC era uno más de la familia, y siempre digo que ingresó en ella antes que yo, que era como un hermano mayor] Me fascinan esos periódicos viejos que descubres en una casa a la que te invitan a pasar unos días de vacaciones. [A mí en absoluto. Los periódicos envejecen incluso peor que los libros] Mi periódico de toda la vida ha sido el ABC. En mi familia, que era de clase media baja, siempre nos permitíamos tres lujos: tener radio (una Eco que compró mi padre cuando se casó y con la que yo escuché ya el mundial de Brasil del 50), comer y cenar con vino todos los días (mi madre estaba enferma del corazón, Y Marañón, como lo oyes, don Gregorio Marañón, le recomendó vino en las comidas y las cenas, porque, dijo, que el tanino le iba a sentar muy bien. Tuvo razón don Gregorio. Mi madre resistió hasta los 65 años; murió en 1987), y el tercer lujo fue el “ABC”. Mi padre, cuando iba a trabajar, a eso de las ocho de la mañana, compraba en el puesto, luego kiosco, que había, y hay, en Narváez esquina a Ibiza, el periódico de la grapa mágica. Yo lo leía por las noches, después de hacer los deberes. Empezaba por la información deportiva, luego seguía con el cine y el teatro y, por último, con los artículos. Azorín, Ruano, toda aquella galaxia Gutenberg. En “ABC” siempre han escrito los mejores novelistas, dramaturgos, articulistas, filósofos, etcétera. Y confieso que la primera vez que me publicaron una tercerita, que decía Fernández Almagro, fue para mí algo fabuloso [¡Qué cabrón! El si que pudo] Escribir en “ABC” de fútbol es una de las cosas que más me gustan en esta vida. Ah, el “ABC” que traía mi padre del Palace, trabajaba en la peluquería del hotel, olía a Floyd”. Luego, en una pregunta posterior le cuestiona sobre el parque del Retiro y le contesta: “Algún día me gustaría ser corresponsal de ABC en el Retiro”. A mi alma de cazador le duele saber que jamás será mío este libro.

Tiresias, Garci, Orfeo, Tiziano, Esquilo. Llevo dos novelas seguidas sobre las Guerras Médicas en las que el dramaturgo griego es el protagonista. Que peleó en Maratón, Salamina y Platea y que murió descalabrado por un águila que le arrojó en pleno vuelo una tortuga sobre la calva cuando vivía en Sicilia son los dos lugares comunes sobre el personaje. Todo se amalgama en mi cabeza las tardes entre semana. Hasta me impaciento los findes en espera de que llegue el lunes. Este viernes copié para mi artículo sobre “La bacanal de los andrios” la leyenda de “Narciso y Eco” que se incluye en las “Metamorfosis”. Cuenta Ovidio que Liríope, la madre de Narciso, preguntó a Tiresias, el famoso adivino de Tebas, acerca del futuro de su hijo, si viviría feliz y por muchos años. Lo había tenido tras ser violada por el dios-río Céfiso, una vez que quiso refrescarse en su corriente. El oráculo ciego le contestó que la vida de su hijo sería larga, siempre y cuando no llegase a conocerse a sí mismo. Los expertos señalan, hasta en dos ediciones distintas de “Metamorfosis”, la de editorial Gredos y la de Cátedra, aparte del manual de García Gual, he captado este mismo comentario, que se trata de una ironía de Ovidio, un chiste a costa de la leyenda que, dicen, podía leerse sobre el portal de entrada al Oráculo de Delfos: “Conócete a ti mismo”. Ovidio no respetaba casi nada: los dioses, la fidelidad del matrimonio, el decoro público. Por eso lo desterró el emperador Octavio Augusto a los confines del imperio, al país de los getas, en Rumanía, y no es un juego de palabras. Al menos intencionado. Por eso y porque tal vez se acostara con su hija. No recuerdo que decía al respecto Robert Graves en “Yo, Claudio”. Y la profecía se cumplió. Una tarde que hacía mucho sofoco, Narciso se acercó a beber a una fuente que había en un claro del bosque, vió su reflejo en las aguas, se conoció a sí mismo, se enamoró y murió de amores no correspondidos. Y todo empieza con Tiresias, se mezcla con Orfeo, aunque no recuerdo como, discurre hacia Tiziano, que es la meta de todo esto, transcurre en paralelo a Esquilo, que escribió sobre estos temas y otros afines, y se contamina con Garci en un ratito de descanso en que brujuleo en la sección de cina. Todo se amalgama en mi cabeza, y si no lo suelto aquí, en completo desorden, tal como coexiste habitualmente en mi cabeza, ésta lo mismo me estalla. Y si lo hago en Facebook y no en Twitter es porque es como una Biblioteca Pública, un reino donde gobierna el silencio, donde nadie va a querer interpelarme, preguntarme esto o aquello. Cada uno a lo suyo en su sitio de lectura.

Orfeo es mi penúltimo descubrimiento. Sobrevivió a la travesía del estrecho donde habitaban las sirenas, pero sin necesidad de atarse al mástil del barco, como hizo Odiseo. Venció su hipnótico cantó tañendo su lira y entonando poemas. Así salvo a sus compañeros de singladura, a los celebérrimos argonautas. Era digno hijo de Apolo, en lo artístico al menos, aunque mucho más consecuente y constante en el amor. Enamorado de la bella Eurídice, la siguió hasta los dominios de Hades cuando murió víctima de una picadura de serpiente. Al dios del inframundo y a su mujer Perséfone les emocionó su devoción y les deleitó su arte. Consintieron en que se la llevase de vuelta a la superficie, pero con una sola condición, que no mirase hacia atrás hasta cruzar el umbral de los infiernos. Si recuerda a la parábola de Lot supongo que no es asunto casual. Hay que decir que si fracasó en la prueba fue porque iba delante y le preocupaba la seguridad de su amada. Orfeo murió descuartizado por las servidoras de Dioniso, nadie sabe dar una razón, porque es un dios al que favoreció en su Tracia natal al extender su culto. Existe cierto consenso entre los filólogos en que tal vez fuese envidia mezclada con celos. Orfeo fue fiel a su mujer el resto del tiempo que le tocó vivir entre los vivos y rechazó a cuantas se le acercaron con la intención de intimar con él. Me parece una parábola muy actual en estos tiempos en que los hombres carecemos según la doctrina de lo políticamente correcto. Las Musas, no en balde Calíope era su madre, la más bella de todas, le organizaron un emocionante funeral. Le enterraron al pie del Monte Olimpo, salvo su cabeza y su lira, que arrojaron al río Hebro, con hache. Lástima, porque la historia es cojonuda y dan ganas de apropiársela. Y mientras eran arrastradas por la corriente camino del mar podía escucharse en los parajes que atravesaban gritos de llamada a su amada Eurídice. Después llegaron al Egeo, cuyas corrientes permitieron que recorrieran de punta a punta, hasta arribar a Lesbos. Allí se dieron por fin sepultura a sus últimos restos. Dejo que García Gual remate la historia: “Por eso renació con muy potente ímpetu en Lesbos la poesía lírica y allí, en la isla de Safo y Alceo quedó guardada la cabeza y la lira del poeta tracio. Allí, en torno a la tumba santa de la cabeza de Orfeo, acudían a cantar melodiosos lamentos los mejores ruiseñores del mundo griego”. Y no era para menos, era justo honrar la memoria del hombre que había vencido con su arte al horror y con su amor a la muerte. Cierto que en ambos casos solo en primera instancia. Pero es que ninguna victoria de un mortal es definitiva. Solo el triunfo de los dioses es para siempre. Ocho siglos después de todo aquello retomarían la tradición unos joven romanos movilizados en torno a Cátulo que miraban al futuro con los ojos puestos en el pasado, dando lugar a la poesía elegiaca en idioma latino. Nada es para siempre pero todo renace tarde o temprano o, como dijo no recuerdo quien, todo está interconectado de tan sutil aunque tan recia, que es imposible destrozar una flor sin trastornar una estrella. Ni que decir tiene que ando peinando las bases de datos de la biblioteca de Madrid en busca de libros sobre todo este asunto.


viernes, 15 de septiembre de 2017

Carpe diem




Carpe diem

A principios de este verano mi hermano sufrió un cólico nefrítico. Era fin de semana y la ciudad estaba completamente vacía. Me despertó de madrugada y me pidió que le acompañase a urgencias. Con los años te acostumbras a este tipo de emergencias sanitarias a horas intempestivas. En la anterior nuestra madre casi se nos va. En la anterior a la antepenúltima fui yo mismo quien acabó en la UVI del hospital de La Paz. Claro que yo tuve al menos la deferencia de pedir socorro cuando aun estábamos dentro del horario laboral. Solicitud que debí de hacer por gestos, no recuerdo bien, porque una de las primeras cosas que me hurtó el ictus fue la facultad del habla. El caso es que tras encontrar un taxi a solo dos manzanas de casa, suerte que era el momento en que empezaban a cerrar las discotecas y mi barrio está cuajadito de ellas, fuimos juntos a las urgencias habituales, las del Sanatorio San Francisco de Asís, con orden y concierto, sin tener que mediar palabra con el mundo, mi hermano vomitando entre los coches aparcados y yo adelantándome para encontrar transporte en única avenida transitada a aquella hora, la de Orense. Mi hermano ya es todo un veterano en lo que a la minería renal se refiere y yo, con los años, me he convertido en algo así como un personaje sin frase de una película de Woody Allen. Nadie sabe nunca por qué herida respiro porque soy una tumba. Pienso que esta impasibilidad, esta falta de necesidad de dar mi parecer en cualquier debate que me ronde, sobre todo si soy yo el asunto que se discute, es una secuela del derrame cerebral que sufrí. Cierta psicóloga me advirtió que suelen acarrear cambios bruscos de personalidad. El alma muta y a veces lo hace meramente por causas fisiológicas. O puede que esa sea la única causa posible, que House tenga razón y nadie cambie a sabiendas. El caso es que la relativa prisa con la que salimos de casa, de la cama al ascensor en menos de diez minutos, sin siquiera un café entre medias para espabilar de cara a lo que se nos venía encima, sobre todo a mí, porque mi hermano iba a estar perfectamente entretenido con sus dolores, no me impidió acordarme de llevar un libro conmigo: “Carmina” de Cátulo. En la edición de la Editorial Gredos. Sello que durante el tiempo que sobrevivió a la adversidad de ocupar un nicho ecológico escaso en clientela, el de la literatura clásica griega y romana, estuvo suministrando a las librerías bellísimas ediciones, en lo físico y en lo espiritual. Libros llenos de notas a pie de página, que nunca he entendido por qué le molestan tanto a la gente. Todas las cosas realmente trascendentes en la vida nos las perderíamos, nos pasarían desapercibidas, si el corazón no anotase su parecer, si no escribiese un apunte aclaratorio a pie de texto. En el libro que yo portaba aquella noche llamaba la atención su cuidada encuadernación en cuero azul oscuro, tan característica de la editorial Gredos, que le daba una gran prestancia, aun a pesar de tratarse de un ejemplar solicitado en préstamo a una biblioteca pública, viejo y con evidentes muestras de haber pasado por infinidad de manos –Bueno, en realidad no tantas, como delataba la hojita pegada en el interior de la tapa con las fechas para las devoluciones-. Supongo que lo lógico es editar los libros de los autores cuyo recuerdo ha atravesado el océano del tiempo de una forma que se simule cierta sensación de perpetuidad. No, el “Carmina” de Cátulo no es precisamente un título de rabiosa actualidad, una obra que una ola del presente haya depositado en la orilla del tiempo, a nuestros pies sobre la arena de la playa, para ponerla a nuestro alcance. Forma parte, más bien, de los restos de un naufragio ocurrido en altamar, lejos de la costa. Imagino que al médico de guardia le llamó la atención ver a alguien tan enfrascado en la lectura mientras tenía un pariente atiborrado de calmantes en la habitación contigua. Ni siquiera me di cuenta cuando se acercó a donde estaba sentado. “¿Me permites el atrevimiento de hacerte una pregunta?”, me dijo y, sin esperar a tener la venia, añadió: “¿Qué estás leyendo?”. “Las obras completas de Cátulo”, le contesté, y como vi por la expresión de su rostro que no se agotaban ahí sus interrogantes, añadí: “Un poeta contemporáneo de Julio César”. Se dibujó una sonrisa traviesa en su rostro. “Algo así me imaginaba. ¿Y lo lees por obligación o por gusto?”. Me pareció una magnífica pregunta. Además muy pertinente. Dudé unos instantes la respuesta, dejé que madurara porque ni yo mismo la tenía clara. Supongo que en la madrugada uno lee o bien para conciliar un sueño que le es esquivo o bien por mero gusto, para llenar el espacio baldío del insomnio con las palabras de otro, harto ya de escuchar los pensamientos propios. Quizá, como tercera alternativa, y con ella se agotan las posibilidades, creo yo, para preparar un examen, pero mis canas parecían descartarla rotundamente. “Se trata del análisis de un cuadro. Hay cierta obra de Tiziano que se basa en un poema de Cátulo. Por eso lo estoy leyendo, para poder entender mejor el lienzo”. No sé si soné convincente, pero el caso es que las preguntas cesaron. ¿Leer a los clásicos por obligación o por gusto? Me temo que este es uno de esos muchos casos en que la verdad no nos hace más guapos. Que se lo digan sino a la Editorial Gredos, a la cabra montés que berrea exultante desde su logotipo, como si no tuviera rivales dignos en su reinado, y que a la larga ha tenido que transigir y dejarse absorber por una filial de la Editorial Plantea, para subsistir en un país abarrotado de lerdos siendo pasto en los coleccionables de los quioscos. Si Tolstoi, Conrad y Goethe, pongo por caso, ya nos parecen gente de la prehistoria, sin más interés, desde nuestro marcado chovinismo del presente, que el meramente paleontológico, que el referencias solo útiles en el caso de que alguien desentierre por accidente un hueso de dinosaurio, que decir entonces de un tipo, como Catulo, que departió con Cayo Julio César desde el triclinio contiguo en muchos simposios. Peor, Gredos se atrevió a editar en su día a gente como Herodoto, Homero y Apolodoro, anteriores con mucho al inicio de nuestra era. Hay que ver cuánto asusta la abreviatura a. C. Pero, seamos sinceros. Para qué mentir estando solos en la madrugada. No está bien que me ponga medallas que no me corresponden, yo jamás habría sabido de Cátulo si el bueno de Tiziano no me lo hubiera restregado por las narices. A lo largo de los años he sabido de él por muchas lecturas -“Los idus de marzo” de Thorton Wilder; “La suerte de Venus” de Steven Saylor; “Rubicón” de Tom Holland-, me he dado cuenta ahora, pero su nombre no llegó a captar nunca mi interés. Soy un lerdo más del rebaño que quizá necesita también del pasto que crece en los quioscos para cultivarse. Sin embargo, había genuino deleite en mi lectura aquella madrugada, sentado en el pasillo de un hospital, sin apenas nadie a mi alrededor: un celador en el otro extremo y un médico, un enfermero y un pariente doliente, en la habitación de al lado. El resto seres literarios. Ariadna en la playa de Naxos tras ser abandonada a su suerte por el pérfido Teseo. Ariadna colérica por las promesas incumplidas de su amante, solicitando un castigo de las Furias por su flaca memoria. Teseo víctima de otra desmemoria, infringida en este caso por las Erinias y no por su egoísmo, y que es la causa indirecta de la muerte de su padre Egeo. Ariadna perpleja ante la llegada de Dioniso, su redentor, en un carro tirado por dos fieros leopardos. Aunque esto Cátulo no lo cuente exactamente así en su poema. Lo de los felinos al menos. Por mucho que Tiziano lo pintara tal cual en su cuadro. Esa pequeña discrepancia, y algunas otras, me obligaron en su momento a beber en otras fuentes escritas para entender al veneciano: En la de Nonno de Panópolis y sus “Dionisíacas”; en La de Ovidio y su “Arte de amar”; en la de Filostrato el Viejo y sus “Imágenes”. Aunque en realidad ninguno de los dos primeros hablen de leopardos sino de tigres, y el tercero incluso creo recordar que no menciona en ningún momento carro alguno. Aunque cito de memoria. Releer ahora sería como hacer trampa. Y todas esas viñetas de comic estampadas en una colcha, en un nórdico diríamos ahora, el del lecho nupcial en el que van a fornicar Tetis y Peleo durante su noche de bodas para engendrar a Aquiles. Quien no disfrutaría con estas pequeñas cosas. A la octava o novena lectura del Carmen 64 mi hermano ya estaba en perfecto estado de revista. Había superado la crisis, le habían atiborrado de suero para reequilibrar su descompensada química corporal y nos podíamos ir a casa con todas las bendiciones del escéptico médico. “Vini, vidi, vinci”. Y en mi caso no tuve ni que echar una ojeada a los galos, me bastó con leer un libro.

Qué tendrá el latín, me pregunto, que todo lo que está escrito en esta lengua parecen sentencias que no requieren ser demostradas, siquiera argumentadas, que parecen escritas en relieve sobre mármol pantélico, incontrovertibles, incuestionables e imperecederas. “Conócete a ti mismo”, podía leerse a la entrada del templo a Apolo en Delfos en tiempos de Pericles, y la frase aun sigue haciendo fortuna, aunque casi nadie la entienda del todo y sean aun menos quienes la ponga en práctica. Cierto que me estoy equivocando, aunque a posta: Aquella frase estaba escrita en griego. Pero la idea es el misma, no altera mi discurso. Es más, lo refuerza. Muchas sentencias de origen griego han hecho fortuna al ser traducidas y/o reformuladas por los romanos, como aquella de “Mens sana in corpore sano” de Juvenal. De hecho, “conócete a ti mismo”, dicha en esos términos, suena más bien a frase de hippies o de libro de autoayuda. Cómo envidiaba a los que estudiaban derecho porque tenían que aprender tantas frases en latín. A mi padre, que era abogado, le oí decir una vez aquello de “in dubio pro reo” cierta vez que se ventilaba si yo era merecedor de un castigo por mi comportamiento y, aparte de agradecido, me sentí fascinado por su oratoria. La sabiduría expresada en latín parece más y mejor. Nosotros en la escuela de ingenieros de montes nos teníamos que contentar con la fórmula de “Conditio sine quanon” del enunciado de algunos teoremas de Álgebra. Y bien poco más. Si me gustó el “Club Dumas” de Arturo Pérez-Reverte, para que nos vamos a engañar, fue sobre todo porque me reveló la existencia de epatante frase que adornaba los relojes de sol en los tiempos de Pilatos: “Omnia vulnerant, postuma necat”, en referencia a las horas, aunque también vale para la pasión del Señor. Todas hieren y la última mata. Luego vendría el conocimiento de aquella otra, la que hay escrita en una filacteria que un ángel despliega tras el caballero en el cuadro de Antonio Pereda: “Aeterna pungit, cito volat et occidit” -pronúnciese la “c” de cito como si fuera una “q”, con su “u” correspondiente, por supuesto, como si se estuviera mentando la capital de Ecuador, para que ningún enteradillo nos corrija-, tan emparentada en cuanto a significado, y casi llegué al éxtasis. Eternamente hiere, vuela veloz y mata. Es como el enunciado de un acertijo cuyo resultado es, que nadie se devane los sesos, el tiempo. El caballero sueña con las beneficios que puede traer la vida: fama, dinero, honores, y el ángel le advierte, o más bien a nosotros, porque el caballero parece más allá de cualquier enseñanza, sumido como está en su sueño de gloria, que cualquier bien de este mundo es pasajero, que solo los bienes del alma pueden ser acarreados a la otra vida.

Estaba claro que en este revival personal de los clásicos, no siempre voluntario, tarde o temprano iba a acabar arribando a la literatura de Horacio. Si el haber tenido que investigar sobre el cuadro “Baco y Ariadna”, el tercero de la serie del Camerino de Alabastro, me deparó la sorpresa del descubrimiento de Cayo Valerio Cátulo, “La bacanal de los andrios”, el último de la serie, cuyo análisis inicio estos días, me ha obligado a darme por enterado también de la poesía de Quinto Horacio Flaco. Resulta que uno de los personajes del lienzo, que muchos consideran un retrato de la amante del pintor, Violante, por las flores con ese mismo nombre que luce en el pelo, tiene junto a sí un papelillo con una canciocilla cuyas estrofas son un elogio a las cualidades del vino, a su capacidad para infundir en los hombres la creencia de que son mejores de lo que en realidad son. Según leí en un artículo la letra de la composición está inspirada en una sátira de Horacio. Se trata de una carta que el poeta envía a un amigo, un tal Torcuato, a modo de invitación para un banquete que piensa celebrar en su casa. El amigo es abogado. Desciende de un linaje de hombres concienzudos, entregados al deber y marciales en sus actos: Los Manlios, cuya severidad les ha forjado una reputación a lo largo de los siglos. El primero en destacarse en este linaje se hizo célebre tras sentenciar a muerte a su propio hijo por desobedecer una orden suya. Y eso que el resultado había sido positivo: Una victoria contundente sobre el enemigo cuando se había dado orden expresa de no atacarlo. Otro posterior había declinado el asistir al funeral de un allegado, también un hijo -parece que éstos, los hijos, son siempre los peor parados en anecdotario de los Manlios-, para poder atender a sus obligaciones como patrono, que juzga ineludibles. Horacio trata de engatusar a su amigo para que acuda al fiestorro que quiere montar, donde sobre todo correrá el vino, que alaba sin medida: “¿Qué no destapa la ebriedad? Descerraja secretos, confirma esperanzas, empuja al cobarde al combate, exime de carga a espíritus angustiados, adiestra en artes. ¿A quién unos cálices fecundos no hicieron elocuente, a quién no aliviaron su estrecha pobreza?”. Normal que estos versos de Horacio ilustren un cuadro dedicado a Dioniso. Horacio le dice a Torcuato que deje el cumplimiento de sus obligaciones para otro momento, que olvide el ridículo proceder habitual de los Manlios y se desentienda de clientes, que se avenga a gozar con él de la velada que está preparando. Y tras esta conclusión es inevitable acordarse de la famosa sentencia: “Carpe diem, quam mínimum crédula postero” que, mire usted por dónde, tendría que haberlo sospechado desde un perincipio, también es de Horacio. “Atrapa el día”, nos aconseja Horacio en una de sus odas, “no otorgues ningún crédito al futuro”. Apostar por él es despilfarro. Si juegas al parchís no te guardes para luego las cuentas de diez, esas con las que se te premia por llevar las fichas hasta la meta, materialízalas cuanto antes, vive el momento presente, porque no puede saberse que nos deparara el futuro, siquiera si tendremos alguno esperándonos a la vuelta de la esquina. Escucho el consejo de Horacio, me dejo convencer plenamente por él al serme formulado en latín, además del bueno, y luego caigo en la cuenta de que si hay una enseñanza a la que he hecho menos caso a lo largo de mi vida ha sido a esa. La que llevaba las fichas a la meta a las primeras de cambio cuando jugaba con ella al parchís era mi madre, mi rival más encarnizada. Yo era más de dejar ese plus para el último apuro y, a menudo, me tenía que comer con patatas las cuentas de diez porque cuando llegaban ya no podían ser aprovechadas por ficha alguna. Tantas veces le quise decir a la adorable Paula: “Es conditio sine quanon que me sonrías para que fluya en mí felicidad”, mientras el profesor Cerillo nos explicaba los teoremas de Poincaré que preludiaron las teorías de Einstein, y nunca fui capaz de agarrar el momento por las solapas, a pesar de lo mucho que me gustaba. Cuánto donaire y cuanta peca. Y no fue por ninguna estrategia de ahorro ni por altruismo, para no supeditar las metas de los demás a las mías propias, que es lo que yo creo que esconde el reverso de exhortación de Horacio. Fue sencillamente por cobardía. La sentencia “Carpe diem” no fue acuñada para los cobardes, ni para los que se dejan convencer solo por su tristeza. Horacio le dice a Torcuato que la cena se celebrará la víspera de la fiesta del natalicio del César Augusto, que podrán pasar la resaca en cama si así les place, y nos imaginamos que acabará convenciéndolo. Conmigo no habría forma. Soy completamente inmiscible en la alegría ajena. Rehúyo las fiestas como a la peste. Y eso que había señales. En el asunto de Paula me refiero. Ella y su amiga llegaban siempre después de mí, que era uno de los primeros en entrar en el aula, y se junto a mí, habiendo tantos otros sitios disponibles. Entiéndaseme: Las dos se sentaban a mi vera. Esto es: Una a cada lado, conmigo entre medias. Y no paraban de hablar durante toda la clase, en cuchicheos que quedaban siempre en la trayectoria de mi oído, de pelearse en broma utilizándome como campo de batalla. Si se trataba de una contienda de bolas de papel yo acaba siendo la mesa de ping-pong. Si se pasaban notitas con bromas yo ejercía de involuntaria estafeta. Aquello significaba algo, pero a mí me aterraba sacar mis propias conclusiones. Aun hoy, tantos años después, desconfío de las apariencias, no me atrevo a alargar la mano para agarrar un futuro retrospectivo que podría moldear a mi antojo. Quizá es que me enamoré del ángel andrógino de Pereda con su promesa de muerte.